Hace 33 años que terminaste el entrenamiento y cogiste el coche rumbo a tu segunda casa. Querías premiar a los tuyos, esos a los que exigías al mismo tiempo que cuidabas como nunca lo había hecho un técnico y nunca lo haría jamás.
Hace 33 años que nadie sabía que lo que iba a suceder en el césped del Santiago Bernabéu, la ida de las semifinales de la UEFA, sería lo menos relevante esa noche, tu última noche.
Hace 33 años que no paraste de saludar a la gente, tu gente, que no te había olvidado. Aquellos que disfrutaron con tu magia y compartieron tu pasión. Te ganaste un hueco en su corazón
Hace 33 años de las últimas palabras con los que no hacía tanto fueron compañeros, a los que diste el gusto de conocer a tus pupilos, que esa noche viajaron de la nube al infierno.
Hace 33 años que, raro en ti, rehusaste a conducir de vuelta. Habían sido demasiadas emociones y preferías soñar. Y hacerlo en blanco, regresando al banquillo, ese que no soportabas como jugador y al que hubieras devuelto la gloria como entrenador.
Hace 33 años de la última noche, cuando la muerte, cobarde, esperó a que cerraras los ojos para acechar como sólo podía vencerte, a traición, cuando no mirabas.
Hace 33 años y pasarán otros 33 sin que te hayas ido. Porque defines al madridismo. Porque siempre te reserva tu minuto.
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Y unos meses antes de esta fatídica fecha, en un viaje profesional de Cáceres a Málaga, tuve la gran suerte de “topármelo”, de frente, a la sombra de su catedral; y tuve el honor de estrechar su mano; al mismo tiempo que le agradecía, infinito, las tardes y noches de Gloria que me había dado, de felicidad indescriptible; con esa camiseta, ese número y ese escudo, que, como el mejor embajador de nuestro equipo, lució con orgullo, allá por donde pisara.
D.E.P.
¡Y Hala, Madrid!
Juanito, el siete eterno, la más viva de todas las leyendas madridistas, el emblema del gusto del madridismo: calidad más pundonor.
Cuando el Frente Atlético, el grupo de ideología nazi que, pese a quien le pese, determina y guía la conducta y las reacciones del club, vomita sobre su nombre las más abyectas excrecencias verbales, su efigie se abstrae y mitifica hasta erigirse en el adalid que pone a todos el madridismo en disposición de una suerte de comunión beatífica laica.
Cada onomástica que pasa su figura deviene más mística, y su misterio se agranda hasta lo inefable, recordándonos a todos los madridistas que el escepticismo ante la victoria blanca siempre es un craso error, bajo la máxima indeleble que proclama a los cuatro vientos la buena nueva de que " noventa minuti en el Bernabéu siempre son molto longo".